viernes 28 de agosto de 2026 / Serrano 141, Ccp.
Hace unos días comencé a leerlo: un pequeño libro que recibí tras un intercambio en un café de Concepción. No creo que sea posible entregar tantas impresiones después de apenas veinte o treinta páginas. Sí puedo escribir que nunca le había revisado.
Le conozco, evidentemente. Las disidencias de este país le conocen. Políticas, sexuales.
Pero nunca le había leído. Una sensación de rehuir de su tinta. No por pretenciosa. Más bien, no me creía lista, atenta, para adentrarme en su narrativa. Tampoco he querido visionar películas que le idolatran. Habré visto un par de videos en YouTube, esos que se colocan mientras una está pintando o lavando los platos. Alguna que otra burbuja donde aún habita el pensamiento obrero.
Ahora, más tierna, más madura, más comprensiva (conmigo misma) entiendo por qué rehuí tanto. Declaro: a mis veinticuatro años decidí leer a Pedro Lemebel.
No como adiestramiento militante. Quizá porque mi lente, ahora, es menos marginal. Niñita campesina que puede escarbar en la siembra que es la educación, lo culto. No hay un ascenso de clase social. Sigo siendo pobre, mujer, indígena. Una sudaca de pies a cabeza. Atorrante, como me gusta nombrarme dentro de las confianzas en algunos vínculos. Guarén con cigarro, como nos denominábamos con mis colegas, después de las clases de pintura o fotografía. Ahí, afuera de la Casa del Arte, donde abundaban otros pidiendo monedas o vendiendo en unos kioskos improvisados.
Quizá ahora puedo ver ese vínculo con la yegua.
Sigo leyendo sobre sus amores, pienso en los míos.
miércoles 02 de septiembre de 2026 / Serrano 141, Ccp.
Ayer, en el trabajo y con adolescentes inquietos alrededor, pensaba en lo atrapante de la escritura de este personaje. Una cosa honesta, no sé. Visceral.
Al mismo tiempo, recordé por qué estoy llevando esta bitácora. Primero, para compartir más de mis ideas. Segundo, porque en el intercambio se nos encomendó anotar, marcar, reflexionar sobre el libro que eligiéramos. Reconozco ser muy buena para doblar las hojas, pensar-pensar, pero nunca escribir una bitácora. Solo pensamientos sueltos. Nunca entendí bien cómo aprendía, si pienso en el colegio. Me gusta harto escribir, pero enseguida olvido cómo leer mi propia letra. En fin.
Son las 05:57 de la mañana, y en unas horas nuevamente estaré rodeada de adolescentes, al parecer. Como no puedo conciliar el sueño, pienso-pienso.
Una de las anotaciones que tengo es que, como bien señalé en la entrada anterior, pienso en los amantes que he tenido. Recordé brevemente a Javier, un español que conocí en esta ciudad hace dos veranos. Una década mayor y con estudios en física teórica. Si nos vamos a una de las definiciones de amante, nuestro vínculo cumplía cabalmente
Persona que mantiene con otra una relación amorosa fuera del matrimonio.
Javier estaba casado con una chica, también española, también estudiante de física, pero experimental. Según me explicó, cuando él decidió venir a Chile a cursar un doctorado pactaron abrir la relación, lo que nos daba cierto rango de libertad para disfrutarnos mutuamente. Nos conocimos un sábado de enero, al día siguiente debía viajar a Santiago por un congreso y quedarse allá diez días. Volvió un miércoles, acribillado, como si regresara de la guerra. Recuerdo en su cuerpo tres puñaladas producto de un asalto. Extranjero, confiado, de noche caminando por las calles céntricas de la capital, conversando por teléfono. Al parecer, los mensajes eran para mí…
Recuerdo acompañarlo al Hospital Regional para que drenaran la sangre de su pierna, que era la herida más profunda. Luego, al supermercado para que se abasteciera. Al Registro Civil para que solicitara nuevamente una cédula de identidad. Luego, sus manos respetuosas recorriendo mi espalda mientras descansábamos en su cama. Si bien no pudimos hacer mucho —por la herida de guerra que estaba en su pelvis— sí acabó.
A los días, me pide nos juntemos en la Plaza Perú. Caminar, compartir. Me explica que su familia está preocupada, que le pidieron regresara a Sevilla, que él decidió volver para dar tranquilidad y que probablemente estaría de regreso en abril o mayo. Acto seguido, me invita a Santiago para pasar esos últimos días juntos. Nos fuimos un viernes, a principios de febrero. El viaje en bus, si bien no era largo, sí aparentaba una eternidad, sobretodo para quien no conoce. Unas seis horas que, rememorando, fueron casi inexistentes. Producto de la calentura, imagino.
Pasaron los meses y al regresar a Concepción, arrendó un departamento en Chacabuco, donde lo visitaba con regularidad. En esas idas y venidas entre Chile y España, Javier me comenta que le compartió a Mari —su esposa— invitarme a conocer Sevilla, o Barcelona. La apuesta en cuestión implicaba pagarme el viaje con parte del fondo que, como matrimonio, tenían. Por evidentes razones ella se opuso, pero que sí estaba muy invitada a hospedarme en su hogar cuando hiciera falta. Ahora pienso, ella debió notar que Javier estaba perdiendo un poco la cabeza. La última vez que me arrope entre sus sábanas fue en septiembre de ese año, ya que Mari pidió que no hubiera más intimidad física entre nosotros. Javier me explicó que se sentía insegura por diversas razones (estrés laboral, académico, etc.) y que esto potenciaba su malestar. También, porque cuando estaba en España y se acercaba su boleto a estas tierras, no dejaba de conversarle sobre mí.
Poco a poco nuestra relación epistolar se esfumó.